Yolly

Sunday, July 17, 2005

La Vida, el Amor y la Muerte


Atravesar por la pena de la desaparición física de un ser querido es una experiencia muy dolorosa y que en muchos casos nos marca profundamente. Vivir el deterioro físico de un ser importante para uno, un familiar, un amigo, no solo nos marca sino que nos transforma, se alteran nuestros valores e intereses y una revisión de vida se impone en nosotros.

Nadie que no haya experimentado una senda parecida puede ni siquiera intentar identificar lo que se siente. No es solo la amenaza latente de que esa persona amada se va, sino de la forma en que lo hace, una despedida lenta y dolorosa. Experimentar de cerca el sufrimiento físico y emocional de un familiar hace que las prioridades se intercambien y que nuestra vida, a partir de ese momento, ya no sea la misma.

No existe un curso que nos prepara para eso, a pesar de haber sido testigos de muchos casos a nuestro alrededor. La mamá de fulano, el papá de otro, el hijo de otra, la abuelita de otro. Cuando toca a nuestra puerta, sencillamente, no lo podemos asimilar, comprender ni aceptar. Nos agarramos a cualquier esperanza, por más mínima que sea, nos valemos de cuanta receta cae en nuestras manos que dicen que es “milagrosa”, buscamos los mejores médicos, rezamos como nunca antes lo habíamos hecho.

Poco a poco, los días transcurren y la vida sigue pero sabemos, no se porqué, que no somos los mismos. La tragedia se posa como una sombra en todos nuestros actos, una sombra que aun cuando nuestro pensamiento esté en otra cosa, siempre está en nosotros, dentro, en nuestra mirada, en la forma en la que hablamos, sobre todo, en nuestra visión de la vida y la muerte y de nosotros mismos. Ya nada es lo mismo, aunque hagamos esfuerzos mayores para erradicar la tristeza, llega un momento en que la aceptamos como parte de lo que somos.

El drama que significa una situación como esta en la familia es casi intolerable. Surge en cada uno, la rebeldía, los porqués, la ira, el desconcierto, sentimos que el camino se nos tuerce, da un viraje y sabemos que ya no volvemos a la vida que teníamos antes y caemos en cuenta que esa vida estaba llena de pequeñeces que entorpecían nuestra razón y entendimiento y nos llenaban de inutilidades que la hacían vacía. Nos refugiamos en nosotros mismos y buscamos la panacea divina, la súplica al cielo, “aparta de mi este cáliz, apártalo de él”.

Es tremendamente duro vivir una circunstancia como esta, donde nada depende de uno sino que todo depende de Dios. A él nos aferramos y comienzan a darse esos pequeños milagros, como el brote de la fortaleza que nos invade, aun cuando la tristeza ya sea sinónimo de nosotros mismos. La fuerza interior se desarrolla porque una energía superior nos dice que sin ella, no seremos capaces de transitar la senda que inevitablemente está delante de nosotros. El llanto no nos abandona, pero aun cuando siempre se espera el “milagro”, de alguna forma misteriosa, llega la conformidad y la aceptación de la realidad.

Llegamos a la etapa en que el amor florece y que el dolor que padecemos, la impotencia que sentimos, se alivia con ese amor. El sufrimiento de compartir con un ser querido su camino a la otra vida, ahora o después, nos inflama el amor hacia él pero lo más grande es que nos lo inflama hacia Dios y hacia el resto del mundo y sobre todo, contradictoriamente, nos hace mejores personas. El amor se traduce en generosidad, bondad y de raíz, nos cambia a nosotros y nuestra forma de ser haciéndonos, por momentos, irreconocibles hasta para nosotros mismos. Crecemos en tristeza, pero también crecemos en amor cuando aun golpeándonos la realidad directamente en la cara y en el corazón, no dejamos que ella nos aplaste o nos arruine sino que la tomamos como parte de un crecimiento interior que aunque indeseado y rechazado, al hacerse presente, debemos aceptar y vivir de la forma más digna. Y Dios, o como se llame, seguirá andando con nosotros para que no desfallezcamos y pasemos la difícil prueba.


4 Comments:

  • La perdida, es solo un estado transitorio. La perdida, nos duele por que estamos apegados a esa persona u objeto, por que no somos capaces de entender el mundo sin esa persona. MMM que te puedo decir. Yo creo que las perdidas no lo son, creo que en un futuro encontrafre a esa persona, que la vere de nuevo y que por el momento ambos estamos en situaciones y planos diferentes. Creo firmemente que las personas no se van, solo cambian de estado, creo que ellos cumplieron una misión y ahora nosotros tenemos que luchar por lo que nos han dejado.

    By Blogger Jules Saint-Claire, at 9:37 AM  

  • Creo en todo lo que dices, pero lo más difícil de una pérdida lenta, es el sufrimiento del ser querido. Uno desearía intercambiar lugares para que no sufriera.
    Saludos desde Venezuela,
    Yolly

    By Blogger Yolly, at 7:14 PM  

  • Esto es lo mas hermoso que he leido. Por supuesto me identifico totalmente con lo que has expresado ya que lo vivo como tu, pero en la distancia. Sera mas facil? Mas dificial? Es simplemente diferente. En la distancia el dolor es impotente y frustrante; el amor que quiere ser expresado se ve limitado y separado por un mar inmenso. Tengo pesadillas y a veces me desvelo por mil preguntas en mi mente, esos porques que mencionas. Es dificil estar aqui, tener que estar aqui y querer tener el corazon alla con todos ustedes.

    By Blogger Gaby, at 9:07 AM  

  • Lo tienes Gaby, se que tu corazón y todos tus sentimientos están aquí con nosotros...y nosotros con ustedes.
    Besos
    Yolly

    By Blogger Yolly, at 5:22 PM  

Post a Comment

<< Home